Una rosa como el corazón.

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martes, 5 de octubre de 2010

Primera Impresion.

Primera Impresión.

¿Qué es una primera impresión?... Técnicamente la situación en la que una persona expresa o reflexiona que percibió, la primera vez que vio algo particular. Sin embargo, una primera impresión no es solo un momento en el que rápidamente captamos algo que nos llama la atención, es a veces el desencadenamiento de sentimientos que no son lo suficientemente fuertes como para emerger con rapidez. Sentimientos, que quizá no conocemos, que resultan extraños e incomprensibles, y concluyen en algo que atrae al mas frío y duro corazón.
Brillante, lucido amanecer, El sol emergiendo en el azulado horizonte, la arena ya no afecta la percepción, quedo solo lugar para imaginar una vida en la misma duna. Blanco y negro anochecer, los robles lloran, mil y una estrellas y su dueña completando el cielo, dibujaron en la noche un deseo imposible. Y quizá hasta el más lluvioso día, el más inesperado momento puede llegar y cambiar todo lo que uno ve, como por arte de magia. Hasta un rostro... por más insignificante que resulte, la imagen del mismo, merodeara en la mente hasta hacerse ver, y poder entender porque es que de alguna forma se escribió en nuestros deseos. Siempre hay un porque, por más insignificante que parezca.
Cada día me pregunto si es realmente una enfermedad, porque de ser así estaría condenado a un martirio que nunca terminará, y no habría una razón por la cual desee seguir vivo. Aunque, es difícil de creer que sea una enfermedad... algo tan hermoso, y que estimula sentidos tan complejos.
¿Confusión?¿Inmadurez?¿Fantasía? Es confuso, yo lo llamo amor a primera vista.

sábado, 17 de abril de 2010

También Aman

Era una fiesta escandalosa. Luces psicodélicas por todos lados, música, baile, disfraces y muchas drogas para agitar el ambiente. El suelo era un espejo que reflejaba todo lo que se movía y el ambiente con cada segundo se tornaba más tenso entre el humo y la indumentaria de cigarrillos delirantes. ¡Era la fiesta del año, todo el mundo quería estar ahí! Los disfraces eran grotescos, pero las posibilidades eran infinitas. Por una sola noche todo era posible, y mientras el alba marcaba casi la llegada del amanecer, tanto mujeres como hombres se despojaban de sus ropas guiándose por el compás de la música, endulzando la atmosfera con un toque erótico y prohibido. La música causaba tanto estruendo que se escuchaba por toda la ciudad, y como arte de magia, a una hora incierta, parecía que solo aquella noche todo hombre y mujer había encontrado lo que no existía en sus vidas… Habían encontrado amor.

Pero una sola alma en aquella fiesta no había encontrado tal sentimiento. Vagaba entre los cuerpos, solitaria y escéptica, ignorando pretendientes y abusando de sus encantos. Ella era una belleza alternativa disfrazada de ángel, un disfraz perfecto para una mujer que no tenía pisca de tal ser, reflejando en sus ojos la más pura expresión de odio. Nadie podía odiar como ella, nadie. Ella cantaba:

“Estoy cansada de ver tantas almas. Todas sonrientes y danzantes, asquerosas y repugnantes. Quisiera que todas murieran; que el cielo los destruyera o que la tierra se los tragara. No quiero odiar este mundo, no quiero odiar nunca más, pero ¿Quién me podrá liberar? Odio es estar sola, sí, siempre sola con gente a mí alrededor. Y todos los pretendientes, fugases e insolentes, ninguno de ellos demuestra su amor. Ya no quiero odiar, pero ¿Quién me podrá liberar?...”

Las luces se apagaron. El escándalo se congeló cuando aquel apagón, silencio repentino tan profundo como dañino, salió de la nada e hizo que la fiesta parara. La música se detuvo, pero los presentes continuaron con sus actos indecorosos causados por la atmosfera apasionada que se había formado con tanto festejo. Solo la luz del alba, suave como tenue, reflejaba los cuerpos de las multitudes mientras se embriagaban con sus acciones inmorales, suficientemente fuerte para distinguir sus figuras, pero no como para reconocerlas entre sus singulares formas. La muchacha, desconcertada, siguió tarareando su canción:

“…El odio es lo que queda si la noche es oscura y no hay luna llena. Y retando al destino, a lo pagano y divido, libero mil gritos y con sangre yo escribo, ¡Ya no quiero odiar!, ¿Quién me podrá liberar?”

Pero repentinamente, un caballero desconocido y extravagante se aparece ante ella, disfrazado de algo que no podía distinguir, tarareando la misma canción, pero continuando con el resto de la letra:

“Soy la expresión más pura del odio ignorando su ardiente rencor, expresando palabras y escribiendo canciones para expresarte un poco de amor. Por ti seré luz, esperanza y pasión, esperando intranquilo que seas sincera y digas ya mismo si puedo ser yo…”

Los dos se miraron fijamente a los ojos, como si un fuerte sentimiento los flechara involuntariamente. Poco a poco, acercándose el uno al otro, sus cuerpos estuvieron juntos y sus bocas apunto de tocarse. Los dos parecían nerviosos, como si ambos supieran que estaban frente a una alma gemela. Pero antes de sellar aquel momento con un beso electrizante, ella preguntó a su ser amado en tono bajo y con cierta inseguridad, “¿Realmente me vas a liberar?”. Y sin ningún titubeo, él respondió, “Ambos nos libraremos de este mal”. Y acercando sus labios lentamente, aquel beso selló sus almas como nunca antes un beso lo había hecho en la historia de la humanidad.

La música empezó a sonar otra vez, marcando el fin del apagón. Pero mientras las luces aún no se encendían del todo, el ser desconocido se intentó marchar. Ella lo siguió hasta que logró detenerlo, tomándolo de una mano y gritando con fuerzas, “¿Te vas así, sin más?”, mientras él, nervioso y aterrorizado respondió simplemente, “Yo me quiero quedar”. Ella lo soltó al percatarse de algo que no había notado hasta el momento; las manos del hombre estaban demasiado frías como para tratarse de algo con vida, y su cuerpo no se reflejaba en el espejo del suelo. Ella lo vio a los ojos, y sin poder distinguir si eran blancos o rojos, dijo con voz entrecortada, “¿Te volveré a ver si te vas?”. Él respondió, “No lo creo en realidad”. “¿Y si voy contigo me amarás cómo hoy?”. “Puede que mucho más”. “Entonces que se haga realidad”. “¿Para siempre y por la eternidad?”. “Para siempre y por la eternidad…”

Las luces se encendieron de golpe. Los presentes detuvieron la danza y muchos gritos empezaron a sonar. Ahí estaba, el cuerpo sin vida de una joven muchacha, tendida ilesa sobre un charco que no era su sangre, con ojos vacíos y expresión radiante. La fiesta terminó, y hasta ahora los presentes, investigadores oficiales e independientes, se preguntan con el mismo grado de confusión, ¿Qué fue lo que realmente sucedió?...

miércoles, 26 de agosto de 2009

Aicneics Nocni/Imedaicneics Noc.

Existe un lugar, fuera de este infierno, en el que me encuentro habitualmente. Es un buen lugar para tomar un café –suponiendo que no es veneno lo que estoy bebiendo- y que no muchas personas pueden entrar, porque, en realidad, solo es una habitación de cuatro muros -dieciséis paredes a la derecha, quince a la izquierda; un techo de diecisiete vidrios, y un único suelo de hielo. 

No existen líneas rectas, solo paralelos y curvas negras, ventanas amarillas con tonos rojos destellantes y una luz azul muy carismática chocando contra mi cara. Veo los colores, girando constantemente, cambiando sin motivo, buscando una salida, pero no hay ninguna en este lugar. Los sonidos se mueven al igual que los colores, como una orquesta sonora sin sentido, inverosímil, irregular y distorsionada. Cada color gira desacuerdo a la simetría del lugar, de todas las ventanas y paredes, como un paraíso alternativo o un cielo figurado. Es un lugar de paz -un lugar en el que bien pudiese haber entrado alguien más- pero, demasiado pequeño. Estructurado perfectamente, condicionado a un solo patrón de inclinación, no tiene salidas ni entradas, solo ventanas selladas, y si bien puedes entrar sin saberlo, no puedes salir sin desearlo, como quebrar un espejo o tragar un océano, entrando sin salir, saliendo sin estar, estando si entrar.

No lo comprendo, en realidad. No comprendo cuando sucedió o cómo lo lograron, pero todo dejó de girar. Los brillos destellantes se volvieron blancos y rojos, borrando los azules de la habitación, dejando solo tres colores. Rojo, negro y blanco. Negro, blanco y rojo. Una simetría perfecta se tornó en un millón de pedazos, destruyendo dieciséis paredes y cayendo sobre un solo suelo. Los vidrios reflejan mi rostro, cada uno de ellos, un rostro decaído por el momento, sonriendo con sarcasmo y burlándose de lo que reflejan, cada uno sobre mi pecho, rompiendo lo que hay dentro de él pero no de manera literal, porque los pedazos quedan suspendidos sobre el aire, sobre la nada que me rodea, y sobre el todo que no está aquí. Mientras tanto, observo cómo se reduce a mí alrededor, y quince paredes caen sobre mí, reduciéndome a un cuarto donde solo veo diecisiete vidrios, aún completos, girando sobre mí con destellos negros y rojos, rojos como sangre, y negros como tumbas. Pero ese rojo que cae sobre mí, no es solo un destello -como debería ser-, porque lo siento sobre mis piernas, sobre mis dedos y mis ojos. Y duele, duele mucho. La paz se mantiene en la habitación, pero debe permanecer el dolor. El techo continúa –o continuó- girando, cada vez, con más lentitud, decayendo en los mismos tres colores, sin un verdadero motivo aparente (Rojo, negro, blanco. Blanco, negro, rojo).
Sobre mi brazo izquierdo están aun las demás paredes, cada una como un destello carmesí. El color blanco está desapareciendo, y la habitación, con rapidez, se reduce hasta contraer mi cuerpo, obligándome a tomar una posición fetal. El dolor debe continuar, continuar hasta poder descubrir la perfección que lo envuelve. El techo continúa girando, pero cada vez con lentitud. El sonido chillante de la orquesta descontrolada revienta mis oídos, explotando parte de mi cabeza, y sin embargo, manteniéndome completo en un solo punto, en un solo suelo de hielo con olor a mis víctimas. No puedo estar tranquilo en un lugar así, y trato de salir, pero no me alcanzan las fuerzas para romper el techo. El color blanco ya ha desaparecido, y solo queda el negro y el rojo, bailando una extraña canción en mis pupilas, destellando en oscuridad, destruyendo el buen recuerdo de paz en este lugar. El café cae sobre el suelo. La tasa se quiebra y el liquido -como algo corrosivo- destruye la única base de la habitación, el suelo de hielo, y me hace caer hasta lo que cualquiera llamaría una realidad alternativa, en donde me doy cuenta, que todo lo que construí se perdió por una causa absurda, una que no valió la pena al final, y que si bien mató la simetría de una obra, los destellos negros desaparecieron junto con la utopía. 

No hay más colores ni destellos sobre mis ojos, solo el rojo de mi propia sangre cayendo sobre mis pies. Mi mano acompaña la tasa, y mi cuerpo, decayendo con lentitud, observa con resentimiento el veneno esparcido sobre el suelo –que bien pudo haber sido, un excelente café.

viernes, 9 de enero de 2009

Hasta que la muerte nos reúna

Ven, siéntate y presta atención. Quiero que escuches atentamente todo lo que voy a decirte, porque solo lo voy a decir una vez y jamás volveré a hablar de esto en mi vida. Tal vez no pueda convencerte de mi inocencia, pero sé que servirá de algo... por lo menos para desahogarme y sentirme mejor conmigo mismo. 
Puedes llamarme loco si lo deseas, de hecho si alguien me contara la historia que estoy a punto de relatarte no dudaría ni dos segundos en llamarlo insensato; pero aun así necesito que me escuches, sin importar lo absurdo de mis palabras o lo irracional de mis acciones. Porque todo esto comenzó un frío y doloroso día de invierno. Me encontraba de rodillas ante la tumba de mi amada madre, la cual había muerto en mi ausencia, sin el consuelo de su único hijo ni la presencia de su esposo infiel. Ver aquella tumba solitaria con una tan sola rosa moribunda hacía que mis manos temblaban de la pena y que mis ojos no pudieran contener el amargo llanto de un sentimiento retraído. Sí bien, aquel día las finas gotas de lluvia podían cubrir mi lamentable estado, nada podía tranquilizar el dolor de mi alma quebrantada. 
Pero seguramente recuerdas a Clara Asomrehal, mi agraciada y cariñosa amiga que nunca pude sacar de mi cabeza y corazón. Ella tenía una forma muy peculiar para afrontar todo tipo de situaciones, y esa característica era un incomparable punto de vista satírico de todas las cosas. Incluso desde niña, cuando recién la conocí, su sarcasmo para con los demás y para con todas las cosas que acontecían era sorprendente. Lógicamente, mientras pasaban los años su forma de ver las cosas junto con las millones de ironías que vivimos juntos hacían que se hiciera mucho más experta en el arte de la sátira verbal, lo cual particularmente me encantaba tanto como las valiosas gemas encantan a un buscador de tesoros. Incluso llegué a amarla, pero como el destino es cruel e insensible, los inocentes tienen que sufrir dolores insoportables y los culpables viven plenamente en lujos desvergonzados.
Entonces, frente a la sepultura de mi madre, entre miles de sollozos y lamentos ocultos, llegué a pensar que solo las personas buenas sufrían, que solo a los buenos se nos torturaba en el infierno que es esta tierra, y que si ser bueno nos da esperanza de pasar a mejor vida en la muerte, entonces yo quería morir. Pero en aquel momento la lluvia empezó a golpearme con más fuerza y el frío a debilitarme lentamente. La noche empezaba a mostrarse y una hermosísima luna llena se empezaba a revelar en el lacrimoso cielo. Entonces me di cuenta, que lo peor de aquellos inclinaciones suicidas y lo más infame de desear morir en un intento desesperado por escapar de este mundo tan cruel, era que la única persona que hubiese podido salvarme de la desesperanza en la que me encontraba había muerto cuando aún éramos adolescentes.
Besé la fría y sucia lapida de mi madre y me levanté, aun desconsolado y dispuesto a terminar con mi dolor. La noche ya había tomado el cielo y la luna iluminaba la lóbrega oscuridad de aquel cementerio. Pero mientras cruzaba el lugar, pateando sepulturas sin querer y tropezando en adornos fúnebres, me dediqué a observar un poco la luna. Noté que a pesar de las densas nubes negras que cubrían el cielo y las estrellas, la luna brillaba como un sol incandescente sin ser opacada por ninguna nube, como si el brillo que emitía fuese tan fuerte que las nubes se deshacían al intentar cubrirla. También noté que parecía como si la luna fuese ligeramente más grande lo normal. Y también noté que el brillo apuntaba directamente a las sepulturas del cementerio, causándome una gran impresión de horror y pánico.
El motivo de mi horror se debía principalmente a las millones de historias que me escuché en mi niñez. Recuerdo que había un tipo muy extraño que acostumbraba a llegar a mi casa para visitar a mi madre. Yo tenía seguramente uno o dos años, y siempre que aquel hombre se me acercaba se sentía una brisa fresca y paralizante, como un extraño escalofrío placentero. Recuerdo bien que se sentaba a mi lado y preguntaba si quería escuchar un cuento. Si respondía afirmativamente me preguntaba si quería escuchar un cuento de hadas o uno de terror, y si elegía un cuento hadas acostumbraba darme un dulce de cereza, y cuando elegía un cuento de terror me invitaba a un helado de vainilla. El punto de esto era que él siempre decía que las criaturas más poderosas y las cosas sobrenaturales más terroríficas siempre sucedían cuando había luna llena, y me resaltaba que si alguna vez me encontraba en un cementerio donde no hubiese nadie más que yo y una extraña luna se mostrase en el cielo, era mejor que empezara a correr, y lo más rápido que pudiese. Como si a aquel tipo le hubiese pasado lo mismo que a mí.
Pues bien, la lluvia empezaba a calmarme. Las nubes empezaban a desaparecer y algunas estrellas empezaron a mostrar su incandescente luz. Las palabras de aquel hombre se repetían constantemente en mi cabeza, y el miedo empezó a abrasar mi cuerpo como nunca lo había hecho antes. Empecé a caminar un poco más rápido, pensando en lo irónico que era aferrarme a mi vida cuando en realidad todo lo que quería era morir. Pero cuando empecé a escuchar aquel horrible ruido por debajo de la tierra, el pánico se apoderó de mí. Empecé a correr, lo más rápido que pude y sin dudarlo en ningún momento. El viento chocaba contra mi cuerpo con gran fuerza haciéndome perder el equilibrio, el lodo entorpecía mis pasos como si el lugar no quisiese que me fuera, pero lo que más me aterrorizaba era aquel sonido infernal que me seguía de cerca, que cada vez sonaba más fuerte y más intenso, como sí la tierra misma quisiese comerme. 
Entonces me detuve un momento, paralizado por el horror. Mis manos estaban tan frías que apenas podía sentirlas. Mis ropas estaban mojadas y mi cabeza me dolía como si fuese a explotar. El ruido cesó. La luna empezó a perder su brillo. Mi aliento, casi exhausto, me permitió dar un último suspiro. Con gran temor, lentamente, me di la vuelta para ver atrás. Mi corazón latía como loco. Mi nariz, helada como el hielo, no me permitía respirar bien. Mis manos empezaron a temblar horriblemente y el terror había liberado mi alma de la tristeza. 
Entonces, miré, y mi alma se retorció al ver que no había nada más que viento, tumbas y oscuridad. En aquel momento, me sentí tan aliviado que no pude evitar sonreír. Tomé unos cuantos respiros para recuperar mi aliento, pero entonces escuché algo. La tierra empezaba a hacer ruidos horribles, como si todos los muertos quisiesen salir de sus tumbas. Maldije a mil santos en menos de un minuto mientras corría de nuevo. Me di cuenta que el cementerio se hacía cada vez más grande, como si la salida hubiese desaparecido y el terreno fuese eterno. Entonces escuché ruidos aterradores. Miré detrás de mí y vi la cosa más horrorosa que jamás he visto. ¡Muertos vivientes me seguían de cerca!, ¡Todos los muertos habían salido de sus tumbas! Corrí con mucha más fuerza. Veía delante de mí que otros intentaban salir también. Estaba perdido, totalmente perdido. Pero el horror aumentó cuando el lodo del cementerio se volvió más denso. No podía correr más rápido porque el lodo no me lo permitía. Los muertos vivientes se acercaban, y muchos más estaban apareciendo delante de mí. Aun así seguía corriendo, pero en un momento inesperado, una mano agarró mi pie, haciéndome caer.
Por cierto, ahora mismo estaba al idiota de Tomás. Él era el novio de Clara, y como él sabía que yo estaba enamorado de ella, me lo restregaba en la cara, besándola frente a mí y tocándola intensamente para que yo ardiera de celos. No recuerdo cuanto tiempo fue que mantuvieron esa relación, y ella siempre me decía que solo era un romance de adolecentes, que seguramente terminaría con él cuando llegara a la madurez. Pero terminó con él antes, no por mí ni porque hubiese madurado, si no porque muy maldito le excitaba golpearla. Un mes después de aquello Clara murió, asesinada por un asaltante en un callejón. Recuerdo haber estado frente a la caja fúnebre, viendo el cadáver de Clara descansando en paz y conteniendo mis lágrimas, porque ella había dicho que si moría no quería que yo llorara por ella. Entonces, mientras aun estaba paralizado, viendo a mi mejor amiga pasar a mejor vida, Tomás se me acercó, y poniendo su mano en mi hombro me dijo con gran cinismo “Felicidades, ahora es toda tuya”. Yo lo miré, en estado de shock y de manera aun lacrimosa, y vi aquella sonrisa cruel y desvergonzada en su rostro que jamás olvidaré. Pero lo que más odio de ese recuerdo, es que normalmente debí romperle la cara, masacrarlo en honor a la memoria de Clara, pero no hice nada. Me quedé ahí, paralizado, como si nada hubiese pasado.
Bueno, continuando con la experimenta que pasé en el cementerio. Recuerdo que una mano salió de sorpresa, agarró mi pie con fuerza sobrehumana y me hiso caer fuertemente frente a una tumba. Mi cuerpo estaba totalmente lleno de lodo, y el frío prácticamente me estaba matando. Pero eso era lo de menos. Los muertos vivientes se estaban acercando, emitiendo un sonido escalofriante y rodeándome. Intenté como pude soltarme de aquella mano. Le di desde patadas hasta intentar soltarme tratando de arrancar sus dedos con mis manos. Los muertos vivientes se acercaban cada vez más, rodeándome en un círculo mortal. Cuando al fin me logré soltar, sin levantarme puse mi mirada hacia adelante, y hasta ese momento, el miedo me paralizó totalmente. Frente a mí estaba una lapida, muy grande y notoria. Pero no era cualquier lapida. Era la lapida de Clara Asomrehal.
Recordé ciertas palabras que aquel misterioso hombre me dijo la última vez que lo vi. Él dijo que los muertos vivientes, los vampiros y todo tipo de criaturas nocturnas que eran protagonistas de las mil historias que me contaba, realmente no existían, que solo eran inventos de mentes delirantes. Me dijo que algunas si son enfermedades mentales que hace que las personas piensen que son una criatura, pero recuerdo en especial lo que me dijo acerca de los fantasmas, ya que me aseguró y me comprobó que en realidad los muertos no pueden volver a la vida, pero que los demonios pueden fingir que son fantasmas y hacerte creer que sí pueden regresar, de ahí que me dijera que jamás utilizara un médium para comunicarme con un familiar o amigo muerto, ya que en realidad estaría hablando con un demonio. Pues bien, en aquel cementerio y en aquel momento me costó mucho creer aquellas palabras. 
Los muertos vivientes me habían rodeado, pero no se me acercaban. El mismo miedo no me dejaba levantar más la mirada o levantarme, pero en un arranque de adrenalina me levanté y levanté la mirada, y entonces, el horror. El fantasma de Clara estaba arriba de la lapida, mirando con ojos de resentimiento y odio. Mi corazón casi se detiene. No podía dejar de verla. Mi quijada no podía dejar de temblar. Mis ojos soltaron unas cuantas lágrimas y mi cuerpo estaba a punto de caer por el frío. Ella se acercó a mí, muy despacio, tocando mi mejía con su fantasmal mano. 
Si te preguntas que se siente ser tocado por un fantasma, te puedo decir que se siente justamente como viento chocando contra tu piel, pero es totalmente inevitable que muchos escalofríos pasen por tu espalda.
Los muertos vivientes observaban, justamente con la atención que la gente pone al ver una ejecución. Ella me miraba directamente a los ojos, y con una horrible voz me dijo:
- Tantos años, y aun eres un maldito cobarde
- Yo… -respondí con voz lacrimosa- no quiero morir, no así.
- ¡Pero quieres morir!, ¡eliges el camino más fácil a tus problemas!
- Por favor, déjame ir –respondí casi a punto de desvanecerme
- ¡Cállate y escucha!, ¡has dejado morir a tu madre por buscar la felicidad en otros lugares!, ¡has dejado ir al asesino de tu único amor!, ¡te has dedicado a la tristeza y el encierro!, ¡Eres solo otro cobarde en este mundo!, ¡no vales nada!
- ¡Entonces que diablos quieres que haga! –dije entre lagrimas y furia- dime como liberarme de mi tormento, ¡dime tú, sabio fantasma!
- ¡Mátalo!, ¡Mátalo para que yo pueda descansar en paz!
- ¿Matarlo?, ¿matar a quien? –dije con mi voz a punto de cortarse
- ¡A Tomás!, ¡Mándame al infierno a Tomás!, ¡Él me mató, aquel día en el callejón!, ¡Me dijo que prefería verme muerta antes que contigo!
- Matarlo…
- ¡Matarlo!
- Yo… voy a… matarlo… por ti…
Entonces me caí al suelo, al frente a la tumba, y todo se volvió oscuro. Me desmayé, y no sé cuánto tiempo pasé así, pero el guardia del cementerio junto a un jardinero me despertaron en la mañana. Como era de esperarse, me levanté totalmente desorientado, inigualablemente perturbado y con una terrible tos. Entonces miré a mí alrededor. A excepción de todos los adornos fúnebres con los que había tropezado y pateado, todo estaba normal, como si nada hubiese pasado. Ellos me dijeron que había gritado como loco toda la noche, corriendo en círculos sin control, pero que no llamaron a la policía porque me conocían bien. Luego miré la tumba que tenía enfrente, y vi que era la triste tumba de mi amiga Clara, la cual no tenía flores desde hace mucho tiempo. Sin pensarlo mucho le pregunté al jardinero si podía venderme unas cuantas flores para adornar la tumba de mi amiga, y él rápidamente me llevó un hermoso ramo de flores blancas. Las puse sobre la lapida, le pagué al jardinero con algunos billetes mojados que tenía en el bolsillo, y me fui a mi casa. Pues bien, la historia hubiese podido terminar ahí, como un extraño sueño y con un final feliz. Pero en aquellos momentos estaba totalmente dispuesto a hacer lo que Clara me había dicho. Debía matar a Tomás, y tenía que matarlo de forma lenta y dolorosa. Ahora sí, puedes llamarme loco, insensato, maniático, chiflado, dime lo que se te ocurra, piensa lo que quieras pensar, pero por favor no te retires y déjame terminar con mi historia. Pues es lo único que me queda, desahogarme con alguien de confianza, con una buena persona como tú lo eres.
Pues bien, mi plan era simple. Conocía muy bien la casa de Tomás, sabía que vivía solo y que su casa tenía cierto defecto en la cerradura, así que aquella noche entré con mucha facilidad.
Si te preguntas quien era aquel hombre extraño que me contaba todas las historias de terror, no preguntes más, ni yo sé quién era. También se lo pregunté a mi madre, pero tampoco sabía quién era. Solo sé que una vez apareció, y otra vez se fue y no volvió. Me gustaba pensar que era mi padre, ya que mi verdadero padre me había dejado desde que estaba muy pequeño, y como mi madre nunca me habló de él me gustaba imaginármelo como aquel hombre.
Bueno, aquel día que entré a la casa de Tomás, llevaba un buen poco de kerosene en una botella, cinta aislante, unas cuerdas para amarrarlo bien y un encendedor. El plan era simple, amarrarlo de sus miembros a la cama mientras aun dormía, llenarlo de kerosene y quemarlo vivo. Mientras el gritara, yo podía escapar fácilmente y el fuego terminaría con toda la evidencia. Así que entré a la habitación con mucho sigilo y lo vi en su cama, dormido profundamente.
Me acerqué con mucho cuidado y lo primero que hice fue poner cinca ahilaste en su boca. Luego empecé a amarrar sus brazos y piernas. Pero cuando intenté amarrar su cuello, despertó horrorizado. Intentó gritar, pero era muy tarde. Intentó soltarse, pero lo había amarrado demasiado bien. Yo lo miraba con atención mientras me reía en silencio, y luego vi que empezó a llorar, y decidí que era hora de terminar con su patética existencia. Llené su cuerpo de kerosene y le prendí fuego. Por si no lo sabes, la diferencia entre la gasolina y el kerosene es que el kerosene no es tan potente para matar tan rápidamente a una persona. Sí quemas a alguien con kerosene, esta persona pasará ardiendo mucho tiempo antes de morir, por lo cual sufrirá mucho, y ese era mi objetivo principal al matar a Tomás. 
Entonces lo miré directamente la cara. Su expresión de dolor me alegraba mucho, pero pensar que eso era lo que Clara quería me alegraba más. Mientras lo miraba quemarse, empezaron a salir hadas en la habitación. Todas ellas me felicitaban y saltaban de alegría. De repente empezaron a salir nomos del suelo, pequeños dragones entraban por la ventana. La habitación se llenó de plantas mágicas y todo se volvió muy colorido. Entonces entendí dos cosas claramente, que aquella noche en la tumba fue solo un sueño, y que me estaba volviendo totalmente loco. Empecé a gritar con gran desesperación. Estaba quemando a un hombre sin motivo, ¡y los seres mágicos de las historias de aquel hombre me felicitaban!, ¡qué diablos sucedía conmigo!... Mis gritos y el fuego llamaron la atención de los vecinos, y rápidamente se abalanzaron sobre mí, agarrándome fuertemente como si estaba loco. También vi que en un intento inútil trataron de apagar las llamar que quemaban a Tomás, pero fue en vano, el desgraciado ya había muerto.
¿Lo ves?, no fue tan difícil escuchar mi historia. Así fue como terminé aquí, en el manicomio nacional. Sé que no soy inocente, pero por lo menos ahora deberías tener piedad al hablar de mí. Entiéndelo, estaba loco, muy loco. 
Pero bueno, mi querida almohada, ahora es hora que salgas de aquí, no quiero que veas cómo me corto las venas. Solución fácil, cobardía, llámalo como quieras, ahora mi único objetico estar con mi amada en la eternidad… Hasta que la muertes nos reúna, ya que en vida nunca pude estar con ella.
Por Edward Sognatore (Dreamer of the Chaos)

sábado, 29 de noviembre de 2008

Hambre

Maldición. Sí, y muchas veces maldigo a mi estúpida cabeza y a mi estúpido estomago. ¿Porqué - díganme si es que pueden- por qué diablos no pude controlarme?, ¿acaso no tengo conciencia?, ¿acaso no soy humano?, ¿acaso no corre la misma sangre que ellos en mis venas?...
Tengo que confesarlo, estaba muy hambriento. No había comido nada en meses, ¡nada!, ¡y nadie se molestaba en darme algo!, ¡nadie se molestaba en mostrarme piedad mientras mis entrañas se retorcían del dolor!, pero por favor, no tomen esto como una pretexto para excusar esta atrocidad, esta aberración contra la naturaleza y los principios básicos de moral. No, no merezco el perdón de nadie.
Caminaba errante aquella noche fría de octubre. Mis manos temblaban. Mis piernas ya no podían sostenerme. Mis ojos, segados por corrupción y oscuridad me llevaron hacia aquella humilde ventana. ¿Porqué la dejaría abierta?, ¿acaso aquella inocente criatura no sabía que en el mundo existen locos como yo?... Entré sigilosamente, sin que ningún ruido pudiese alarmar a mi victima. Ella no se imaginaba lo que estaba apunto de hacerle. 
Tomé mi tiempo en aquella casa. Busqué y busqué, pero no encontré comida. Tenedores, cuchillos, condimentos y leche era lo único que encontraba. Pero beber leche no sació mi hambre. ¡Carne!, ¡eso era lo que quería!, no me importaba si estaba cruda o cocida, ¡yo quería carne!, pero desgraciadamente no había siquiera un vegetal echado a perder. Leí las anotaciones pegadas en el refrigerador, "ir al mercado mañana a comprar comida"decía con una letra bellísima. Pensé que sería mejor volver el siguiente día, pero, ¿Qué posibilidad había que aquella mujer dejase la ventana abierta de nuevo? , por lo cual la idea me pareció absurda en su momento. 
Entonces la vi, tranquilamente acostada en su lecho, en un profundo sueño del cual parecía que jamás despertaría. Su cara era hermosa. Su cuerpo era único. Su cabello largo y cenizo tapaba perfectamente parte de la desnudes en la que se encontraba. Realmente digo, si un hombre pudiese imaginar la belleza en una mujer, sería con seguridad la imagen de aquella diosa de la pureza. Pero eso no me interesó. Me acerqué como una serpiente a su cama. La miré babeante con una cara digna de un animal salvaje. Me seguí acercando hasta estar frente a su humilde cama. Me acerqué con mucho cuidado a sus hermosas piernas desnudas, tocando su muslo cariñosamente con mis sucias manos y pasando mi asquerosa lengua en su pierna. Su ternura era cautivadora, ¡realmente estoy tocando la perfección! me dije para sí. Pero entre más me acercaba a su rostro y entre más probaba la dulzura de su piel, un fuerte sentimiento de culpabilidad me estaba atacando. No, no sería yo quien quitara la inocencia y castidad de aquella incomparable doncella, y aunque mi propósito inicial era mucho más atroz, razoné muy bien y decidí alejarme de la tentación. Hasta yo, que soy peor que un animal carroñero sabía que debía detenerme. Por lo cual, con mucho cuidado me bajé de la cama. Me senté a un lado y en silencio me puse a llorar. ¿En que me ha convertido esta sociedad corrupta?, ¿porqué se me pudo pasar por la cabeza comerme aquel ser tan inocente?, no podía parar de atormentarme. 
En mis lamentos estaba yo cuando escuche pasos. ¡Alguien había entrado a la casa!, pero sus intentos para no ser escuchado eran torpes y descuidados. Desde el principio escuché como forzó la puerta. Desde que entró escuche sus pasos y desde que votó un objeto de vidrio me aseguré de su torpe presencia. La chica, al escuchar aquello, despertó de su profundo sueño y rápidamente encendió la luz de su habitación. Por extraño que parezca no notó mi presencia, pero mi propia torpeza hizo que su miedo aumentara considerablemente… así es, había olvidado cerrar la puerta de su habitación.
La tenue luz que traspasaba la puerta iluminó su humilde morada, reflejando a otro ser más bestial y descarado de lo que yo he llegado a ser. Su cara pálida asustaba. El enorme cuchillo en sus manos intimidaba. Su presencia me repugnaba.
La chica, que al parecer conocía a este personaje, preguntó con horrorizada:
Manuel... ¿Qué haces aquí?
- Yo...¡yo te amo!, ¡siempre te he amado y tu lo sabes!
- Manuel... ya hablamos esto muchas veces...
- ¡Cállate!, tú eres mi desgracia, ¡por tu culpa me he vuelto loco!
- Cálmate, Manuel, por favor. Baja ese cuchillo...
- No, esta vez no será como tú dices. ¡O eres mía no eres de nadie!
La chica gritó horrorizada. El tipo, al ver que obviamente no tenía control de la situación, corrió hacia ella con claras intenciones de matarla. Yo, más que horrorizado, estaba indignado por aquel hombre. Sentía más odio y furia que miedo, y por eso no pude evitar intervenir. La pobre chica había logrado tomar las manos del homicida, pero el tipo dominaba a la frágil mujer y la logró arrojar a la cama. Se posicionó encima de su desnudes con su incomparable cara de degenerado y puso el cuchillo en su garganta, presionando fuertemente he intentando besarla. No puede soportarlo más, no, ¡no podía!
Fue ahí fue cuando mi furia le dio energía a mi débil cuerpo y con mis hombros logré quitarle al hombre de encima. Ella me miró con gran horror al ver que un desconocido estaba en escondido en su casa, pero la verdad es que se sintió segura al ver que la estaba salvando, y que mi deplorable físico era más fuerte que el de aquel gorila. El tipo cayó al suelo fuertemente, golpeándose la cabeza y quedando inconsciente. La chica estaba paralizada, pero cuando le grité que buscara ayuda reaccionó rápidamente y se puso algo que cubriera su hermosa desnudes para salir a buscar socorro. En esos minutos yo golpeaba con todas mis fuerzas al tipo. Me dolían las manos, pero aun así continuaba golpeándolo. Incluso llegué a deformar su cara y continué. Pero cuando meno lo esperaba, la habitación estaba cubierta de sangre y el tipo había quedado irreconocible. 
Probé su sangre. Luego probé uno de sus ojos. Descubrí que el hambre feroz y bestial había regresado, y ya que la chica se tardaba en regresar procedí a consumir. 
No pregunten como lo hice, pero me comí cada uno de sus músculos. Su piel, sus órganos digestivos y urinarios los dejé intactos, pero no perdoné ninguno de los que consideré "limpios". El cuchillo que usaría para sellar su obsesión sirvió para que yo pudiera obtener resultados más satisfactorios. Cuando la ayuda llegó, yo ya no estaba, y la mayor parte del cadáver la llevaba en mi estomago. 
Me sentí bastante mal, ya que su corazón aun latía, pero al final quedé tan satisfecho, que pude durar semanas sin comer. Como había dicho antes, lo que he hecho es atroz. ¡No puedo creer lo que he hecho!, ¿Cómo pude comerme a un humano?, ¿Cómo pude hacerlo?... ¡maldición!, ¡no me hace bestia haberlo matado!, ¡tampoco me hace animal haberlo comido!... Lo que realmente me hace inhumano, es haberlo hecho y no estar arrepentido.

Por Edward Sognatore (Dreamer of the Chaos)