Una rosa como el corazón.

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jueves, 26 de mayo de 2011

Ecos Mudos

No conozco más que estas cuatro paredes. No conozco más que estas dos ventanas, ese frágil cuadro de instrucciones, y este objeto. Portador del poder de arrebatar la vida. No conozco mas que estas cuatro paredes, y lo que puedo ver a través de estas dos ventanas. Yace aquí mi cuerpo y alma, encerrados hasta el fin de los tiempos, condenados a obedecer mis necesidades. La puerta, sellada con tablones y ladrillos, impenetrable, de cualquiera de los dos lados. No conozco mi origen. Solo conozco mi fin, y aquel es el que toda alma violada ruega a gritos.

“Instrucciones:

1). Arrebatar lo real con desprecio.

2). Arrebatar lo irreal con amor”

No conozco mi origen. Solo se que en algún momento de la existencia, fui encarcelado aquí, y la mera interpretación de estas instrucciones yacen en mi algún rincón de mi razón. Aquel cuadro solo pretende aclarármelo, en caso de perder la cordura.

Desde estas dos ventanas, puedo ver el mundo. No hay diferencia entre ellas dos, en una veo lo mismo que veo en la otra. Pero, aunque mis ojos crean ver lo mismo, existe una diferencia. Personas, caminando sin rumbo alguno, como desorientados, intentado encontrar la luz en un desierto gris. Contemplando cual es el sentido de la vida, y rellenando los rincones de cada calle, a toda hora.

Aquel objeto del que hable, artificio de mis juicios, no necesita de una carga para ser ejecutado. Este objeto nunca pierde su uso. Un ruido instantáneo, generando un eco mudo en todo mi alrededor… las palomas retoman vuelo asustadas. Un cuerpo cae desplomado sobre el suelo. La sangre rodea su torso, la respiración deja de existir. Parece ser de aquellos hombres rectos y muy formales, que gastan su tiempo en intentar mantener una familia, y poder llevar una vida honesta y sincera. La multitud contempla el hecho, y acude en ayuda. Me poso sobre la otra ventana. El cuerpo aun se encuentra en el suelo, la sangre, sigue fluyendo. Aquella persona, su esencia, había contemplado cada segundo. La misma observo como su portador caía lentamente, y dejaba libre su existencia. Continuo observando el cuerpo durante unos segundos, y continuo con el rumbo que llevaba su cuerpo, como si nada hubiera ocurrido. Así, rodeada entre una multitud de esencias, mezclándose, libre de su cuerpo. Saco una caja de cigarros de su bolsillo, y exhalando una bocanada de humo, entro en el primer bar que cruzo su mirada.

La multitud aun rodeaba el cuerpo. Los minutos que demoraban los médicos de una ambulancia recién llegada, eran los que otra persona uso para llevar a cabo el siguiente hecho. Vi claramente como esta, aprovechando la conmoción popular por el fallecido, toma una billetera de uno de los hondos bolsillos del saco de otro hombre. Sin que la victima se diera cuenta, da media vuelta disimuladamente, y con un gesto de desinterés comienza a caminar en sentido opuesto a la posición del cadáver. Aquel reflejo metálico volvía a llamarme. Se convertía en un impulso, y dejaba de ser algo voluntario. Otro eco mudo. La esencia se separa del cuerpo y desaparece, se volatiliza en contacto con el aire. Volví a la anterior ventana. Allí esta. Detuvo su caminar súbitamente, y con la mirada perdida en alguna parte del horizonte invisible, dejo caer la billetera. Cerró sus ojos durante unos segundos, volvió a abrirlos, y reanudo la marcha.

Aun sigo preguntándome, ¿Es esto lo que difiere una ventana a la otra?. Juzgar la vida no es digno de ningún ser humano, y por ello no me considero uno. Solo sigo instrucciones, que han transformado mis necesidades en algo cacotanasico*.

*Cacotanasia: Es la eutanasia que se impone sin el consentimiento del afectado. La palabra apunta hacia una mala muerte.

martes, 5 de octubre de 2010

Vendaje Eterno.



Mi puro corazon anhela sentir
un amor diferente y verdadero,
mi cuerpo como una marioneta
es manipulado por un miedo sin sentido,
no veo el fin de esta tortura que
se apodera de mi...

Un hombre lastimado, y consumido por
la vida, se cruzo en mi camino.
Su corazon poseia mil vendas,
mil grietas, destruido y vuelto a costruir.

Su paso no se detuvo, su lucha
no habia acabado, de sus vendaje
uno de ellos del piso levante
y lei:"El corazon que ama
verdaderamente, posee mas
heridas que cualquier otro"

sábado, 17 de abril de 2010

También Aman

Era una fiesta escandalosa. Luces psicodélicas por todos lados, música, baile, disfraces y muchas drogas para agitar el ambiente. El suelo era un espejo que reflejaba todo lo que se movía y el ambiente con cada segundo se tornaba más tenso entre el humo y la indumentaria de cigarrillos delirantes. ¡Era la fiesta del año, todo el mundo quería estar ahí! Los disfraces eran grotescos, pero las posibilidades eran infinitas. Por una sola noche todo era posible, y mientras el alba marcaba casi la llegada del amanecer, tanto mujeres como hombres se despojaban de sus ropas guiándose por el compás de la música, endulzando la atmosfera con un toque erótico y prohibido. La música causaba tanto estruendo que se escuchaba por toda la ciudad, y como arte de magia, a una hora incierta, parecía que solo aquella noche todo hombre y mujer había encontrado lo que no existía en sus vidas… Habían encontrado amor.

Pero una sola alma en aquella fiesta no había encontrado tal sentimiento. Vagaba entre los cuerpos, solitaria y escéptica, ignorando pretendientes y abusando de sus encantos. Ella era una belleza alternativa disfrazada de ángel, un disfraz perfecto para una mujer que no tenía pisca de tal ser, reflejando en sus ojos la más pura expresión de odio. Nadie podía odiar como ella, nadie. Ella cantaba:

“Estoy cansada de ver tantas almas. Todas sonrientes y danzantes, asquerosas y repugnantes. Quisiera que todas murieran; que el cielo los destruyera o que la tierra se los tragara. No quiero odiar este mundo, no quiero odiar nunca más, pero ¿Quién me podrá liberar? Odio es estar sola, sí, siempre sola con gente a mí alrededor. Y todos los pretendientes, fugases e insolentes, ninguno de ellos demuestra su amor. Ya no quiero odiar, pero ¿Quién me podrá liberar?...”

Las luces se apagaron. El escándalo se congeló cuando aquel apagón, silencio repentino tan profundo como dañino, salió de la nada e hizo que la fiesta parara. La música se detuvo, pero los presentes continuaron con sus actos indecorosos causados por la atmosfera apasionada que se había formado con tanto festejo. Solo la luz del alba, suave como tenue, reflejaba los cuerpos de las multitudes mientras se embriagaban con sus acciones inmorales, suficientemente fuerte para distinguir sus figuras, pero no como para reconocerlas entre sus singulares formas. La muchacha, desconcertada, siguió tarareando su canción:

“…El odio es lo que queda si la noche es oscura y no hay luna llena. Y retando al destino, a lo pagano y divido, libero mil gritos y con sangre yo escribo, ¡Ya no quiero odiar!, ¿Quién me podrá liberar?”

Pero repentinamente, un caballero desconocido y extravagante se aparece ante ella, disfrazado de algo que no podía distinguir, tarareando la misma canción, pero continuando con el resto de la letra:

“Soy la expresión más pura del odio ignorando su ardiente rencor, expresando palabras y escribiendo canciones para expresarte un poco de amor. Por ti seré luz, esperanza y pasión, esperando intranquilo que seas sincera y digas ya mismo si puedo ser yo…”

Los dos se miraron fijamente a los ojos, como si un fuerte sentimiento los flechara involuntariamente. Poco a poco, acercándose el uno al otro, sus cuerpos estuvieron juntos y sus bocas apunto de tocarse. Los dos parecían nerviosos, como si ambos supieran que estaban frente a una alma gemela. Pero antes de sellar aquel momento con un beso electrizante, ella preguntó a su ser amado en tono bajo y con cierta inseguridad, “¿Realmente me vas a liberar?”. Y sin ningún titubeo, él respondió, “Ambos nos libraremos de este mal”. Y acercando sus labios lentamente, aquel beso selló sus almas como nunca antes un beso lo había hecho en la historia de la humanidad.

La música empezó a sonar otra vez, marcando el fin del apagón. Pero mientras las luces aún no se encendían del todo, el ser desconocido se intentó marchar. Ella lo siguió hasta que logró detenerlo, tomándolo de una mano y gritando con fuerzas, “¿Te vas así, sin más?”, mientras él, nervioso y aterrorizado respondió simplemente, “Yo me quiero quedar”. Ella lo soltó al percatarse de algo que no había notado hasta el momento; las manos del hombre estaban demasiado frías como para tratarse de algo con vida, y su cuerpo no se reflejaba en el espejo del suelo. Ella lo vio a los ojos, y sin poder distinguir si eran blancos o rojos, dijo con voz entrecortada, “¿Te volveré a ver si te vas?”. Él respondió, “No lo creo en realidad”. “¿Y si voy contigo me amarás cómo hoy?”. “Puede que mucho más”. “Entonces que se haga realidad”. “¿Para siempre y por la eternidad?”. “Para siempre y por la eternidad…”

Las luces se encendieron de golpe. Los presentes detuvieron la danza y muchos gritos empezaron a sonar. Ahí estaba, el cuerpo sin vida de una joven muchacha, tendida ilesa sobre un charco que no era su sangre, con ojos vacíos y expresión radiante. La fiesta terminó, y hasta ahora los presentes, investigadores oficiales e independientes, se preguntan con el mismo grado de confusión, ¿Qué fue lo que realmente sucedió?...

viernes, 9 de enero de 2009

Hasta que la muerte nos reúna

Ven, siéntate y presta atención. Quiero que escuches atentamente todo lo que voy a decirte, porque solo lo voy a decir una vez y jamás volveré a hablar de esto en mi vida. Tal vez no pueda convencerte de mi inocencia, pero sé que servirá de algo... por lo menos para desahogarme y sentirme mejor conmigo mismo. 
Puedes llamarme loco si lo deseas, de hecho si alguien me contara la historia que estoy a punto de relatarte no dudaría ni dos segundos en llamarlo insensato; pero aun así necesito que me escuches, sin importar lo absurdo de mis palabras o lo irracional de mis acciones. Porque todo esto comenzó un frío y doloroso día de invierno. Me encontraba de rodillas ante la tumba de mi amada madre, la cual había muerto en mi ausencia, sin el consuelo de su único hijo ni la presencia de su esposo infiel. Ver aquella tumba solitaria con una tan sola rosa moribunda hacía que mis manos temblaban de la pena y que mis ojos no pudieran contener el amargo llanto de un sentimiento retraído. Sí bien, aquel día las finas gotas de lluvia podían cubrir mi lamentable estado, nada podía tranquilizar el dolor de mi alma quebrantada. 
Pero seguramente recuerdas a Clara Asomrehal, mi agraciada y cariñosa amiga que nunca pude sacar de mi cabeza y corazón. Ella tenía una forma muy peculiar para afrontar todo tipo de situaciones, y esa característica era un incomparable punto de vista satírico de todas las cosas. Incluso desde niña, cuando recién la conocí, su sarcasmo para con los demás y para con todas las cosas que acontecían era sorprendente. Lógicamente, mientras pasaban los años su forma de ver las cosas junto con las millones de ironías que vivimos juntos hacían que se hiciera mucho más experta en el arte de la sátira verbal, lo cual particularmente me encantaba tanto como las valiosas gemas encantan a un buscador de tesoros. Incluso llegué a amarla, pero como el destino es cruel e insensible, los inocentes tienen que sufrir dolores insoportables y los culpables viven plenamente en lujos desvergonzados.
Entonces, frente a la sepultura de mi madre, entre miles de sollozos y lamentos ocultos, llegué a pensar que solo las personas buenas sufrían, que solo a los buenos se nos torturaba en el infierno que es esta tierra, y que si ser bueno nos da esperanza de pasar a mejor vida en la muerte, entonces yo quería morir. Pero en aquel momento la lluvia empezó a golpearme con más fuerza y el frío a debilitarme lentamente. La noche empezaba a mostrarse y una hermosísima luna llena se empezaba a revelar en el lacrimoso cielo. Entonces me di cuenta, que lo peor de aquellos inclinaciones suicidas y lo más infame de desear morir en un intento desesperado por escapar de este mundo tan cruel, era que la única persona que hubiese podido salvarme de la desesperanza en la que me encontraba había muerto cuando aún éramos adolescentes.
Besé la fría y sucia lapida de mi madre y me levanté, aun desconsolado y dispuesto a terminar con mi dolor. La noche ya había tomado el cielo y la luna iluminaba la lóbrega oscuridad de aquel cementerio. Pero mientras cruzaba el lugar, pateando sepulturas sin querer y tropezando en adornos fúnebres, me dediqué a observar un poco la luna. Noté que a pesar de las densas nubes negras que cubrían el cielo y las estrellas, la luna brillaba como un sol incandescente sin ser opacada por ninguna nube, como si el brillo que emitía fuese tan fuerte que las nubes se deshacían al intentar cubrirla. También noté que parecía como si la luna fuese ligeramente más grande lo normal. Y también noté que el brillo apuntaba directamente a las sepulturas del cementerio, causándome una gran impresión de horror y pánico.
El motivo de mi horror se debía principalmente a las millones de historias que me escuché en mi niñez. Recuerdo que había un tipo muy extraño que acostumbraba a llegar a mi casa para visitar a mi madre. Yo tenía seguramente uno o dos años, y siempre que aquel hombre se me acercaba se sentía una brisa fresca y paralizante, como un extraño escalofrío placentero. Recuerdo bien que se sentaba a mi lado y preguntaba si quería escuchar un cuento. Si respondía afirmativamente me preguntaba si quería escuchar un cuento de hadas o uno de terror, y si elegía un cuento hadas acostumbraba darme un dulce de cereza, y cuando elegía un cuento de terror me invitaba a un helado de vainilla. El punto de esto era que él siempre decía que las criaturas más poderosas y las cosas sobrenaturales más terroríficas siempre sucedían cuando había luna llena, y me resaltaba que si alguna vez me encontraba en un cementerio donde no hubiese nadie más que yo y una extraña luna se mostrase en el cielo, era mejor que empezara a correr, y lo más rápido que pudiese. Como si a aquel tipo le hubiese pasado lo mismo que a mí.
Pues bien, la lluvia empezaba a calmarme. Las nubes empezaban a desaparecer y algunas estrellas empezaron a mostrar su incandescente luz. Las palabras de aquel hombre se repetían constantemente en mi cabeza, y el miedo empezó a abrasar mi cuerpo como nunca lo había hecho antes. Empecé a caminar un poco más rápido, pensando en lo irónico que era aferrarme a mi vida cuando en realidad todo lo que quería era morir. Pero cuando empecé a escuchar aquel horrible ruido por debajo de la tierra, el pánico se apoderó de mí. Empecé a correr, lo más rápido que pude y sin dudarlo en ningún momento. El viento chocaba contra mi cuerpo con gran fuerza haciéndome perder el equilibrio, el lodo entorpecía mis pasos como si el lugar no quisiese que me fuera, pero lo que más me aterrorizaba era aquel sonido infernal que me seguía de cerca, que cada vez sonaba más fuerte y más intenso, como sí la tierra misma quisiese comerme. 
Entonces me detuve un momento, paralizado por el horror. Mis manos estaban tan frías que apenas podía sentirlas. Mis ropas estaban mojadas y mi cabeza me dolía como si fuese a explotar. El ruido cesó. La luna empezó a perder su brillo. Mi aliento, casi exhausto, me permitió dar un último suspiro. Con gran temor, lentamente, me di la vuelta para ver atrás. Mi corazón latía como loco. Mi nariz, helada como el hielo, no me permitía respirar bien. Mis manos empezaron a temblar horriblemente y el terror había liberado mi alma de la tristeza. 
Entonces, miré, y mi alma se retorció al ver que no había nada más que viento, tumbas y oscuridad. En aquel momento, me sentí tan aliviado que no pude evitar sonreír. Tomé unos cuantos respiros para recuperar mi aliento, pero entonces escuché algo. La tierra empezaba a hacer ruidos horribles, como si todos los muertos quisiesen salir de sus tumbas. Maldije a mil santos en menos de un minuto mientras corría de nuevo. Me di cuenta que el cementerio se hacía cada vez más grande, como si la salida hubiese desaparecido y el terreno fuese eterno. Entonces escuché ruidos aterradores. Miré detrás de mí y vi la cosa más horrorosa que jamás he visto. ¡Muertos vivientes me seguían de cerca!, ¡Todos los muertos habían salido de sus tumbas! Corrí con mucha más fuerza. Veía delante de mí que otros intentaban salir también. Estaba perdido, totalmente perdido. Pero el horror aumentó cuando el lodo del cementerio se volvió más denso. No podía correr más rápido porque el lodo no me lo permitía. Los muertos vivientes se acercaban, y muchos más estaban apareciendo delante de mí. Aun así seguía corriendo, pero en un momento inesperado, una mano agarró mi pie, haciéndome caer.
Por cierto, ahora mismo estaba al idiota de Tomás. Él era el novio de Clara, y como él sabía que yo estaba enamorado de ella, me lo restregaba en la cara, besándola frente a mí y tocándola intensamente para que yo ardiera de celos. No recuerdo cuanto tiempo fue que mantuvieron esa relación, y ella siempre me decía que solo era un romance de adolecentes, que seguramente terminaría con él cuando llegara a la madurez. Pero terminó con él antes, no por mí ni porque hubiese madurado, si no porque muy maldito le excitaba golpearla. Un mes después de aquello Clara murió, asesinada por un asaltante en un callejón. Recuerdo haber estado frente a la caja fúnebre, viendo el cadáver de Clara descansando en paz y conteniendo mis lágrimas, porque ella había dicho que si moría no quería que yo llorara por ella. Entonces, mientras aun estaba paralizado, viendo a mi mejor amiga pasar a mejor vida, Tomás se me acercó, y poniendo su mano en mi hombro me dijo con gran cinismo “Felicidades, ahora es toda tuya”. Yo lo miré, en estado de shock y de manera aun lacrimosa, y vi aquella sonrisa cruel y desvergonzada en su rostro que jamás olvidaré. Pero lo que más odio de ese recuerdo, es que normalmente debí romperle la cara, masacrarlo en honor a la memoria de Clara, pero no hice nada. Me quedé ahí, paralizado, como si nada hubiese pasado.
Bueno, continuando con la experimenta que pasé en el cementerio. Recuerdo que una mano salió de sorpresa, agarró mi pie con fuerza sobrehumana y me hiso caer fuertemente frente a una tumba. Mi cuerpo estaba totalmente lleno de lodo, y el frío prácticamente me estaba matando. Pero eso era lo de menos. Los muertos vivientes se estaban acercando, emitiendo un sonido escalofriante y rodeándome. Intenté como pude soltarme de aquella mano. Le di desde patadas hasta intentar soltarme tratando de arrancar sus dedos con mis manos. Los muertos vivientes se acercaban cada vez más, rodeándome en un círculo mortal. Cuando al fin me logré soltar, sin levantarme puse mi mirada hacia adelante, y hasta ese momento, el miedo me paralizó totalmente. Frente a mí estaba una lapida, muy grande y notoria. Pero no era cualquier lapida. Era la lapida de Clara Asomrehal.
Recordé ciertas palabras que aquel misterioso hombre me dijo la última vez que lo vi. Él dijo que los muertos vivientes, los vampiros y todo tipo de criaturas nocturnas que eran protagonistas de las mil historias que me contaba, realmente no existían, que solo eran inventos de mentes delirantes. Me dijo que algunas si son enfermedades mentales que hace que las personas piensen que son una criatura, pero recuerdo en especial lo que me dijo acerca de los fantasmas, ya que me aseguró y me comprobó que en realidad los muertos no pueden volver a la vida, pero que los demonios pueden fingir que son fantasmas y hacerte creer que sí pueden regresar, de ahí que me dijera que jamás utilizara un médium para comunicarme con un familiar o amigo muerto, ya que en realidad estaría hablando con un demonio. Pues bien, en aquel cementerio y en aquel momento me costó mucho creer aquellas palabras. 
Los muertos vivientes me habían rodeado, pero no se me acercaban. El mismo miedo no me dejaba levantar más la mirada o levantarme, pero en un arranque de adrenalina me levanté y levanté la mirada, y entonces, el horror. El fantasma de Clara estaba arriba de la lapida, mirando con ojos de resentimiento y odio. Mi corazón casi se detiene. No podía dejar de verla. Mi quijada no podía dejar de temblar. Mis ojos soltaron unas cuantas lágrimas y mi cuerpo estaba a punto de caer por el frío. Ella se acercó a mí, muy despacio, tocando mi mejía con su fantasmal mano. 
Si te preguntas que se siente ser tocado por un fantasma, te puedo decir que se siente justamente como viento chocando contra tu piel, pero es totalmente inevitable que muchos escalofríos pasen por tu espalda.
Los muertos vivientes observaban, justamente con la atención que la gente pone al ver una ejecución. Ella me miraba directamente a los ojos, y con una horrible voz me dijo:
- Tantos años, y aun eres un maldito cobarde
- Yo… -respondí con voz lacrimosa- no quiero morir, no así.
- ¡Pero quieres morir!, ¡eliges el camino más fácil a tus problemas!
- Por favor, déjame ir –respondí casi a punto de desvanecerme
- ¡Cállate y escucha!, ¡has dejado morir a tu madre por buscar la felicidad en otros lugares!, ¡has dejado ir al asesino de tu único amor!, ¡te has dedicado a la tristeza y el encierro!, ¡Eres solo otro cobarde en este mundo!, ¡no vales nada!
- ¡Entonces que diablos quieres que haga! –dije entre lagrimas y furia- dime como liberarme de mi tormento, ¡dime tú, sabio fantasma!
- ¡Mátalo!, ¡Mátalo para que yo pueda descansar en paz!
- ¿Matarlo?, ¿matar a quien? –dije con mi voz a punto de cortarse
- ¡A Tomás!, ¡Mándame al infierno a Tomás!, ¡Él me mató, aquel día en el callejón!, ¡Me dijo que prefería verme muerta antes que contigo!
- Matarlo…
- ¡Matarlo!
- Yo… voy a… matarlo… por ti…
Entonces me caí al suelo, al frente a la tumba, y todo se volvió oscuro. Me desmayé, y no sé cuánto tiempo pasé así, pero el guardia del cementerio junto a un jardinero me despertaron en la mañana. Como era de esperarse, me levanté totalmente desorientado, inigualablemente perturbado y con una terrible tos. Entonces miré a mí alrededor. A excepción de todos los adornos fúnebres con los que había tropezado y pateado, todo estaba normal, como si nada hubiese pasado. Ellos me dijeron que había gritado como loco toda la noche, corriendo en círculos sin control, pero que no llamaron a la policía porque me conocían bien. Luego miré la tumba que tenía enfrente, y vi que era la triste tumba de mi amiga Clara, la cual no tenía flores desde hace mucho tiempo. Sin pensarlo mucho le pregunté al jardinero si podía venderme unas cuantas flores para adornar la tumba de mi amiga, y él rápidamente me llevó un hermoso ramo de flores blancas. Las puse sobre la lapida, le pagué al jardinero con algunos billetes mojados que tenía en el bolsillo, y me fui a mi casa. Pues bien, la historia hubiese podido terminar ahí, como un extraño sueño y con un final feliz. Pero en aquellos momentos estaba totalmente dispuesto a hacer lo que Clara me había dicho. Debía matar a Tomás, y tenía que matarlo de forma lenta y dolorosa. Ahora sí, puedes llamarme loco, insensato, maniático, chiflado, dime lo que se te ocurra, piensa lo que quieras pensar, pero por favor no te retires y déjame terminar con mi historia. Pues es lo único que me queda, desahogarme con alguien de confianza, con una buena persona como tú lo eres.
Pues bien, mi plan era simple. Conocía muy bien la casa de Tomás, sabía que vivía solo y que su casa tenía cierto defecto en la cerradura, así que aquella noche entré con mucha facilidad.
Si te preguntas quien era aquel hombre extraño que me contaba todas las historias de terror, no preguntes más, ni yo sé quién era. También se lo pregunté a mi madre, pero tampoco sabía quién era. Solo sé que una vez apareció, y otra vez se fue y no volvió. Me gustaba pensar que era mi padre, ya que mi verdadero padre me había dejado desde que estaba muy pequeño, y como mi madre nunca me habló de él me gustaba imaginármelo como aquel hombre.
Bueno, aquel día que entré a la casa de Tomás, llevaba un buen poco de kerosene en una botella, cinta aislante, unas cuerdas para amarrarlo bien y un encendedor. El plan era simple, amarrarlo de sus miembros a la cama mientras aun dormía, llenarlo de kerosene y quemarlo vivo. Mientras el gritara, yo podía escapar fácilmente y el fuego terminaría con toda la evidencia. Así que entré a la habitación con mucho sigilo y lo vi en su cama, dormido profundamente.
Me acerqué con mucho cuidado y lo primero que hice fue poner cinca ahilaste en su boca. Luego empecé a amarrar sus brazos y piernas. Pero cuando intenté amarrar su cuello, despertó horrorizado. Intentó gritar, pero era muy tarde. Intentó soltarse, pero lo había amarrado demasiado bien. Yo lo miraba con atención mientras me reía en silencio, y luego vi que empezó a llorar, y decidí que era hora de terminar con su patética existencia. Llené su cuerpo de kerosene y le prendí fuego. Por si no lo sabes, la diferencia entre la gasolina y el kerosene es que el kerosene no es tan potente para matar tan rápidamente a una persona. Sí quemas a alguien con kerosene, esta persona pasará ardiendo mucho tiempo antes de morir, por lo cual sufrirá mucho, y ese era mi objetivo principal al matar a Tomás. 
Entonces lo miré directamente la cara. Su expresión de dolor me alegraba mucho, pero pensar que eso era lo que Clara quería me alegraba más. Mientras lo miraba quemarse, empezaron a salir hadas en la habitación. Todas ellas me felicitaban y saltaban de alegría. De repente empezaron a salir nomos del suelo, pequeños dragones entraban por la ventana. La habitación se llenó de plantas mágicas y todo se volvió muy colorido. Entonces entendí dos cosas claramente, que aquella noche en la tumba fue solo un sueño, y que me estaba volviendo totalmente loco. Empecé a gritar con gran desesperación. Estaba quemando a un hombre sin motivo, ¡y los seres mágicos de las historias de aquel hombre me felicitaban!, ¡qué diablos sucedía conmigo!... Mis gritos y el fuego llamaron la atención de los vecinos, y rápidamente se abalanzaron sobre mí, agarrándome fuertemente como si estaba loco. También vi que en un intento inútil trataron de apagar las llamar que quemaban a Tomás, pero fue en vano, el desgraciado ya había muerto.
¿Lo ves?, no fue tan difícil escuchar mi historia. Así fue como terminé aquí, en el manicomio nacional. Sé que no soy inocente, pero por lo menos ahora deberías tener piedad al hablar de mí. Entiéndelo, estaba loco, muy loco. 
Pero bueno, mi querida almohada, ahora es hora que salgas de aquí, no quiero que veas cómo me corto las venas. Solución fácil, cobardía, llámalo como quieras, ahora mi único objetico estar con mi amada en la eternidad… Hasta que la muertes nos reúna, ya que en vida nunca pude estar con ella.
Por Edward Sognatore (Dreamer of the Chaos)